Dios quiere engrandecer al protector de los hombres


«Desde las primeras horas del día, siento que me hace falta tu compañía. En la soledad, levanto mi cuerpo cansado, que solo anhela tenerte a su lado».

Mi mente viaja tan lejos: pasa sobre bosques espesos,
sobre montañas y cerros, sobre ríos inmensos;
todos ellos se pierden rápido bajo mi vuelo
y yo me pierdo entre las ligeras nubes que me privan tu cielo.

Cuando al fin te encuentro,
me dejo caer como un paño gastado sobre tu techo;
desde allí, tendido, te observo.
Me gustaría poder descansar sobre tu pecho.

Imagino tu tez y tus ojos perdidos
en el horizonte vacío y sombrío;
mi horizonte no es menos oscuro, no está menos vacío.
Somos dos mentes perdidas, dos guerreros vencidos.

En mi, florece la incontenible necesidad
de tocar tu cara, tus manos.
Olvido lo lejos que estamos
y yo necesito sentir el calor de tu humanidad…

Como un loco en su trance desconocido,
levanto mi mano para alcanzarte,
sin recordar que solo mi mente ha recorrido
toda esa distancia en un ínfimo instante.

Casi escapo sin querer de mi cuerpo
al intentar robarte un beso.
Todo esto es un sueño; estoy seguro de eso,
pero me siento bien aquí, por eso, aún no despierto.

Mi respiración se convierte en suspiros, se hace lenta.
Mi ser se estremece al notar tu ausencia.
La realidad fría y sincera me ha traído de vuelta.
Triste contemplo como ante mí… se desvanece tu esencia…

Morgan Le Sorcier. 14-02-10